EE.UU. intensifica su asedio a Venezuela con una confiscación marítima que marca un precedente geopolítico peligroso

La espectacular incautación de un petrolero por fuerzas estadounidenses busca estrangular económicamente al gobierno de Maduro, pero reaviva el debate sobre la injerencia de Washington y sus consecuencias históricas en países intervenidos.

En una operación militar sin resistencia, comandos estadounidenses confiscaron el petrolero Skipper frente a las costas de Venezuela el 10 de diciembre, en lo que el gobierno de Trump definió como un acto para hacer cumplir sanciones internacionales. El hecho, sin embargo, trasciende la disputa comercial y se enmarca en una escalada de presión que incluye sanciones a más buques y planes de interceptar embarques de crudo venezolano en alta mar.

La estrategia busca golpear la principal fuente de ingresos del gobierno de Nicolás Maduro, afectando la red de «buques fantasma» que le permiten evadir el bloqueo. Expertos señalan que la medida elevará drásticamente los costos y riesgos del comercio clandestino, restringiendo severamente el flujo de petróleo. Para el régimen, sería un nuevo y potente estrangulamiento económico; para Washington, un paso más en su política de «cambio de régimen».

No obstante, esta acción reabre viejas heridas en la memoria geopolítica. Estados Unidos justifica la operación bajo argumentos de legalidad internacional y combate a un gobierno que considera ilegítimo y narcotraficante. Sin embargo, el hecho de que fuerzas armadas estadounidenses intercepten buques en aguas cercanas a un país soberano evidencia el uso de un poder asimétrico que frecuentemente ha operado al margen del consenso multilateral.

La sombra de Irak y Afganistán planea sobre esta nueva ofensiva. En esos países, intervenciones lideradas por EE.UU. —justificadas en su momento por amenazas a la seguridad global o violaciones a derechos humanos— terminaron en devastación prolongada, inestabilidad crónica y crisis humanitarias que perduran hasta hoy. La pregunta que resurge es si la presión extrema, más allá de desestabilizar a un gobierno, conduce a una salida verdadera o solo a un colapso social aún más profundo.

El propio gobierno estadounidense reconoció que esta incautación fue posible, en parte, gracias a un contexto de excedente global de petróleo que minimiza el impacto en los mercados. Esto revela un cálculo pragmático: actuar cuando el costo económico es bajo, sin considerar plenamente el costo humano y político para la población venezolana, ya golpeada por años de crisis.

La historia sugiere que las intervenciones unilaterales rara vez producen soluciones estables. Mientras Washington celebra la confiscación como un golpe a un régimen autoritario, expertos y vecinos de la región observan con preocupación cómo se consolida un patrón de injerencia que, en nombre de la democracia o la seguridad, suele dejar a su paso sociedades fracturadas y Estados fallidos. El desafío real —construir paz y gobernabilidad en Venezuela— quizás requiera más diplomacia y menos fuerza, algo que la política exterior estadounidense ha tenido dificultad en aprender.

Redacción Diario de Punilla | Fuente: The Economist, análisis geopolítico histórico