El desplome del mercado de electrodomésticos en el país expone, con crudeza, que el “plan económico” del Gobierno está vaciando el consumo interno: los precios bajan, pero las familias ya no tienen salario ni crédito para comprar.
Precios en baja, góndolas vacías
Diversos estudios citados por la prensa revelan que, en el último tramo de 2025, el valor de los electrodomésticos cayó en torno al 6,6% interanual promedio. Los comerciantes señalan rebajas mucho más profundas en algunos productos: un lavarropas que rondaba los 750 mil pesos el año pasado hoy se consigue cerca de los 500 mil, es decir, una baja de casi 200 mil pesos. Sin embargo, lejos de estimular las ventas, este abaratamiento convive con locales semivacíos y con una demanda que no despega. Lo que a primera vista podría presentarse como “éxito antiinflacionario” se transforma, en la vida real, en un síntoma de recesión: el problema ya no son solo los precios, es la ausencia de ingresos estables y de crédito accesible para la mayoría de los hogares.
Salarios en retroceso y crédito estrangulado
Los propios empresarios del rubro describen una situación paradójica: con valores en el nivel más bajo de los últimos años, “no hay consumo”. La explicación es simple y devastadora: los salarios quedaron por detrás de la inflación y la suba de gastos básicos –alimentos, servicios, transporte– se lleva casi todo el ingreso mensual, dejando a los electrodomésticos fuera de cualquier lista de prioridades. A esto se suma el endurecimiento del crédito al consumo: sin planes de cuotas largos, con tasas altas y restricciones sobre tarjetas, comprar un televisor, una heladera o un lavarropas dejó de ser una decisión de mediano plazo para convertirse en un lujo imposible. En un modelo que recorta el poder de compra y encarece el financiamiento, la caída del mercado de electrodomésticos no es una “anomalía”, sino una consecuencia directa.
Quiebras, despidos y el círculo vicioso del consumo
La crisis del sector golpea a toda la cadena: comercios y proveedores reconocen que muchos ya venden con márgenes mínimos o directamente a pérdida, solo para mover stock y sostener la actividad. En paralelo, a nivel nacional se registran cierres de plantas, suspensiones y despidos en la industria de electrodomésticos, en un contexto de importaciones en niveles récord y costos en alza. Cada empresa que reduce personal o baja la persiana no solo destruye puestos de trabajo formales, también elimina a sus propios clientes futuros: esos trabajadores despedidos eran, hasta ayer, los principales consumidores, con sueldos mensuales y acceso a compras en cuotas vía créditos personales o tarjetas. El Gobierno empuja así un círculo vicioso: menos empleo privado, menos salarios, menos ventas, más quiebras y todavía más desempleo, mientras se insiste en un relato de “sinceramiento” de la economía que apenas encubre una recesión profunda.
Cordobeses en el medio del ajuste
En Córdoba, las voces del sector son un termómetro de esta realidad: comerciantes de cadenas locales advierten que “la billetera no puede ir hacia electrodomésticos” y que, pese a las rebajas, las ventas siguen sin repuntar. La elección que enfrentan las familias es brutal: pagar la luz, el alquiler o la comida, o pensar en cambiar un artefacto básico del hogar. Cuando el modelo económico obliga a resignar una heladera o un lavarropas para llegar a fin de mes, no se está “ordenando” el mercado, se está retrocediendo años en calidad de vida. Esta realidad cotidiana en los barrios contrasta con los discursos oficiales que celebran la baja de algunos precios, omitiendo deliberadamente que ocurre sobre un piso de consumo cada vez más bajo.
Un modelo que se queda sin compradores
El caso de los electrodomésticos es apenas una muestra de un problema más amplio: un programa económico que ajusta sobre salarios y empleo termina destruyendo la base misma del mercado interno. La industria, el comercio y los servicios necesitan consumidores con trabajo, ingresos previsibles y acceso al crédito; sin eso, cualquier rebaja de precios es solo un espejismo. El gobierno insiste en liberar importaciones y recortar costos laborales, mientras desatiende el impacto social de las quiebras y los despidos masivos que va dejando en el camino. Si en el corazón productivo de Córdoba ya se encienden todas las alarmas, el mensaje para el resto es claro: sin un giro en la política económica que ponga en el centro al trabajo y al consumo popular, el ajuste terminará dejando un país repleto de vidrieras vacías y de hogares sin poder de compra.
Gonzalo Goro – Redacción Diario de Punilla | Fuente LNM