A una semana del inicio de los bombardeos conjuntos sobre territorio iraní, la guerra ya involucra ataques cruzados en Líbano, Irak y el Golfo Pérsico, mientras la ONU reclama un alto el fuego y crece el temor a un choque regional de gran escala.
La confrontación entre Irán, Israel y Estados Unidos entró en una nueva fase de escalada con una serie de bombardeos masivos sobre múltiples objetivos iraníes durante la madrugada de este jueves 5 de marzo, incluidos puntos sensibles en Teherán y la ciudad de Sanandaj, en el noroeste del país. La campaña aérea conjunta comenzó el 28 de febrero, cuando fuerzas estadounidenses e israelíes lanzaron ataques coordinados contra instalaciones militares, complejos vinculados al programa nuclear y posiciones de la Guardia Revolucionaria, en un operativo que Washington presentó como un intento de frenar de manera definitiva las capacidades misilísticas y nucleares de la República Islámica. El presidente estadounidense Donald Trump defendió públicamente la ofensiva, calificándola como la “mejor oportunidad” para eliminar las amenazas del régimen iraní, al tiempo que llamó a la población de Irán a levantarse contra sus gobernantes.
Desde el inicio de la campaña, Irán respondió con una andanada de misiles contra territorio israelí y contra intereses estadounidenses en la región, extendiendo el conflicto a varios frentes simultáneos. Misiles y drones iraníes han sido lanzados hacia Israel, activando sirenas en áreas como Tel Aviv, aunque los primeros reportes oficiales indicaron que no se registraron víctimas mortales directas en algunos de estos ataques iniciales. Paralelamente, Teherán elevó la tensión en las rutas energéticas al atacar un petrolero estadounidense en el Golfo Pérsico, reavivando el temor a una interrupción del tráfico en el estratégico Estrecho de Ormuz, por donde circula una parte crucial del comercio mundial de petróleo. La situación mantiene en vilo a los mercados internacionales, con decenas de buques permaneciendo fondeados en la zona a la espera de definiciones.
El frente libanés se convirtió rápidamente en uno de los puntos más críticos del conflicto, luego de que el grupo Hezbollah, aliado clave de Irán, lanzara ataques contra Israel desde el sur de Líbano y se sumara abiertamente a las hostilidades. En respuesta, el ejército israelí multiplicó sus bombardeos contra posiciones, depósitos de armas e infraestructura del movimiento chiita en territorio libanés y confirmó el ingreso de tropas a la franja sur del país, en una operación terrestre limitada destinada a alejar la línea de fuego de sus ciudades del norte. Voceros militares israelíes aseguraron que se han golpeado “centros de gravedad” de Hezbollah en Beirut y en el sur del país, en coordinación estrecha con fuerzas estadounidenses, con el objetivo de degradar su capacidad de lanzar cohetes y misiles.

La guerra también se proyectó sobre Irak, donde milicias chiitas respaldadas por Irán intensificaron sus ataques con cohetes y drones contra bases que alojan tropas estadounidenses, al tiempo que Washington y Tel Aviv respondieron con bombardeos selectivos sobre supuestas instalaciones de estos grupos. De acuerdo con reportes de centros de estudio especializados, Estados Unidos e Israel golpearon bases y cuarteles de milicias integradas en las Fuerzas de Movilización Popular iraquíes, a las que acusan de operar bajo la órbita directa de Teherán. En paralelo, la llamada “Resistencia Islámica en Irak”, coalición de milicias proiraníes, afirmó haber atacado con misiles y drones una veintena de “bases enemigas” en Irak y otros países de la región que albergan contingentes estadounidenses, como Jordania.
En el plano político, la conducción iraní denunció que la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel busca desmantelar el Estado iraní y forzar un cambio de régimen, mientras anunciaba la formación de un Consejo de Liderazgo Interino en medio de la crisis interna. Ali Larijani, una de las figuras centrales del aparato de seguridad, acusó a Washington y a Tel Aviv de intentar dividir el país y advirtió a los grupos “secesionistas” en zonas kurdas y otras regiones que enfrentarán “consecuencias severas” si aprovechan el caos para promover levantamientos locales. A esto se suma el creciente protagonismo de las protestas que venían sacudiendo al país desde antes del estallido de la guerra, factor que tanto la Casa Blanca como el gobierno israelí parecen considerar en su cálculo estratégico.

Mientras los combates se intensifican, la comunidad internacional redobló los llamados a la contención. El secretario general de la ONU reclamó de forma urgente el cese de los ataques y advirtió sobre el riesgo real de que el conflicto escale hacia una guerra regional abierta que involucre directamente a otros actores, como las monarquías del Golfo o potencias globales con presencia militar en la zona. Organismos multilaterales y varios gobiernos europeos insistieron en la necesidad de abrir canales de diálogo y de reactivar, al menos parcialmente, los marcos de negociación sobre el programa nuclear iraní que quedaron en suspenso tras el inicio de las hostilidades actuales.
En Washington, Trump y su gabinete de seguridad defendieron la ofensiva ante las críticas de sectores del Congreso que cuestionan la falta de una autorización específica para la guerra y el riesgo de involucrar a Estados Unidos en otro conflicto prolongado en Oriente Medio. El secretario de Defensa insistió en que no se trata de una operación de “cambio de régimen” ni de una campaña de ocupación como la de Irak, sino de una acción concentrada para destruir capacidades estratégicas iraníes y garantizar la seguridad de intereses estadounidenses y aliados en la región. Sin embargo, voces críticas advierten que la intensidad de los bombardeos, la amplitud de los blancos y la intervención en múltiples frentes —Irán, Líbano, Irak y el Golfo— sugieren una guerra de consecuencias imprevisibles que podría desbordar los objetivos declarados.
Gonzalo Goro – Redacción Diario de Punilla | Fuente: Noticias Internacionales