“Estamos haciendo el reactor más moderno del mundo”. La frase no pertenece a un slogan publicitario ni a un anuncio de una potencia central. La pronuncia Darío Giussi, gerente general y CEO de INVAP, en diálogo con el periodista Jairo Straccia. Y, dicha sin grandilocuencia, encierra una verdad incómoda para ciertos discursos dominantes: la Argentina todavía es capaz de desarrollar tecnología de clase mundial cuando existe decisión política, continuidad institucional y talento formado en el sistema científico nacional.
La afirmación remite inevitablemente a un hilo histórico más largo. Porque este presente no surge de la nada. Tiene raíces profundas en una tradición que comenzó cuando el país decidió, por primera vez, no resignarse al rol de proveedor primario.
La visión fundacional: ciencia, industria y soberanía
A mediados del siglo XX, Juan Domingo Perón entendió algo que aún hoy genera debate: sin ciencia propia no hay independencia económica ni política. Bajo esa convicción se fortaleció la Fábrica Militar de Aviones, se impulsó la ingeniería nacional y se gestó una política de Estado orientada al dominio de tecnologías críticas. El Pulqui, primer avión a reacción de América Latina, no fue una excentricidad: fue una declaración de principios.
Esa misma lógica —Estado presente, planificación, formación de cuadros técnicos— es la que décadas después daría lugar al sistema nuclear argentino, al desarrollo satelital y, finalmente, a INVAP, nacida en Bariloche como un “spin-off” tecnológico del Instituto Balseiro y la Comisión Nacional de Energía Atómica.

El RA-10: tecnología estratégica, no relato
En la entrevista con Straccia, Giussi explica con claridad qué representa hoy el Reactor RA-10: un reactor nuclear de investigación destinado a la producción de radioisótopos para medicina, industria e investigación científica. No se trata de energía eléctrica, sino de insumos críticos para diagnósticos oncológicos, tratamientos médicos y procesos industriales avanzados, además de aplicaciones en semiconductores y electromovilidad.
“El RA-10 va a ser el reactor más moderno del mundo”, afirma Giussi, y no como una expresión de orgullo vacío. INVAP lleva más de 40 años diseñando y exportando reactores similares: Perú, Argelia, Egipto, Australia —donde el reactor OPAL es referencia global— y ahora Países Bajos, con el reactor PALLAS, que abastecerá cerca del 70% de los radioisótopos medicinales de Europa.
Este dato debería ser central en cualquier discusión sobre el rol del Estado: la mitad de la facturación de INVAP proviene del exterior, genera divisas, empleo calificado y balances positivos desde hace casi 50 años. No es una empresa deficitaria: es una empresa estratégica.

El capital humano: lo que no se improvisa
Otro punto clave de la entrevista es el factor humano. INVAP emplea cerca de 1.800 personas, más del 80% profesionales y técnicos altamente calificados: ingenieros nucleares, electrónicos, mecánicos, químicos, informáticos, especialistas en materiales y software. Formados mayoritariamente en universidades públicas argentinas.
Giussi lo dice sin rodeos: los salarios buscan ser competitivos, pero la verdadera retención del talento está en el desafío. Trabajar en proyectos que no existen en otro lugar del país, que impactan directamente en la vida de millones de personas y colocan a la Argentina en un lugar inesperado del mapa tecnológico mundial.
Ese capital humano, sin embargo, es frágil. Se pierde rápido cuando el mensaje político es el ajuste permanente, el desprecio por la ciencia o la idea de que “todo lo estatal es prescindible”.

El presente bajo tensión: ajuste, desfinanciamiento y privatización
Aquí aparece el punto crítico. En la entrevista, Giussi explica que INVAP no depende del presupuesto nacional para sobrevivir, pero reconoce impactos, demoras y discontinuidades en algunos proyectos estratégicos. Satélites que se ralentizan, programas que se frenan, incertidumbre sobre el largo plazo.
El riesgo es mayor cuando desde el poder se instala la idea de privatizar empresas tecnológicas estatales, incluso aquellas que funcionan, exportan y generan valor agregado. Privatizar INVAP, CONAE o partes del sistema científico no sería una decisión administrativa: sería una renuncia explícita a la soberanía tecnológica.
Los países líderes en aeroespacio, nuclear y defensa no abandonan estas áreas al mercado. Las protegen. Las financian. Las planifican a 30 o 50 años. Exactamente lo que Perón entendió hace siete décadas y lo que hoy parece volver a ponerse en discusión.
Una línea histórica que no debería romperse
Desde el Pulqui al RA-10, desde la Fábrica Militar de Aviones a INVAP, la Argentina demostró que puede jugar en ligas mayores cuando hay proyecto nacional. Cada interrupción —cada ajuste ciego, cada desmantelamiento— no solo frena el presente: hipoteca el futuro.
La entrevista de Darío Giussi no es solo un testimonio técnico. Es un recordatorio político. La tecnología no se importa como un commodity. Se construye con tiempo, con Estado, con ciencia y con decisión.
La pregunta, otra vez, no es si la Argentina puede.
La historia demuestra que puede.
La pregunta es si quiere.
Gonzalo Goro – Diario de Punilla | Nota de Jairo Straccia a Darío Giussi en BT China