El Banco Central ha quemado US$1.100 millones en tres días en una defensa cambiaria tardía y reactiva, exponiendo la vulnerabilidad del programa y el riesgo de agotar el escudo financiero de la nación.
Por tercer día consecutivo, la administración de Javier Milei se vio forzada a actuar en contra de su propio dogma. El Banco Central (BCRA) realizó una venta masiva de US$678 millones en una jornada de pánico financiero, llevando el total de dólares liquidados en apenas 72 horas a la astronómica cifra de US$1.100 millones. Esta fuga de reservas, la más acelerada desde 2019, no es un dato técnico; es el síntoma de un modelo económico que choca contra la realidad y que prioriza la ortodoxia ideológica sobre la gestión prudente de las reservas internacionales.

La escena es profundamente irónica: un gobierno que llegó al poder prometiendo «quemar el BCRA» y denostando durante años a sus predecesores por «dilapidar reservas», hoy se encuentra en la exacta misma posición, utilizando las mismas herramientas que criticaba. La diferencia crucial radica en el contexto: las reservas netas del BCRA son escasas y negativas si se descuentan los pasivos, lo que convierte cada intervención no en una estrategia, sino en una hemorragia de un patrimonio nacional ya debilitado.
Una reacción tardía y el fantasma de la inconsistencia
La crítica central no es que el BCRA intervenga; todos los bancos centrales lo hacen. La crítica es la tardanza y la inconsistencia. El gobierno insistió durante meses en un mensaje de «no emisión» y «flotación administrada» dentro de las bandas del acuerdo con el FMI, minimizando las señales de estrés en el mercado. La presión acumulada estalló de forma inevitable, obligando a una intervención de pánico, masiva y reactiva, que es mucho más costosa y traumática que una gestión anticipada y suave.

Esta acción desesperada evidencia la fragilidad del «ancla cambiaria» que representa el ajuste fiscal extremo. Si bien la meta fiscal se cumple a rajatabla, se subestimó por completo el impacto de otros factores, como la estacionalidad de las importaciones, la caída en la liquidación de cosechas y la desconfianza de un sector privado que, lejos de invertir, busca refugio en la divisa norteamericana.
Las declaraciones que preocupan: ¿Hasta el último dólar?
La frase del ministro de Economía, Luis Caputo, en el streaming oficialista «Carajo» –»Vamos a vender hasta el último dólar en el techo de la banda»– es, desde el punto de vista de la política monetaria, temeraria. Si bien busca transmitir determinación, el mensaje que llega al mercado es el de un gobierno dispuesto a apostar todo su capital de reservas en una sola jugada. Esto no calma a los inversores; los aterra. El «último dólar» es la línea que separa la estabilidad de una crisis de balanza de pagos. Prometer gastarlo es invitar a un ataque especulativo aún mayor.
El dogma vs. la realidad
Los números fríos no mienten: el riesgo país se disparó a 1.496 puntos básicos, los bonos se derrumban y el dólar oficial, incluso con esta sangría de reservas, cerró en un récord de $1.523. La promesa de «estabilidad» y «confianza» del modelo mileista se está resquebrajando.
La administración enfrenta ahora la disyuntiva que siempre criticó en sus adversarios: ¿Hasta cuándo puede sostener esta quema de reservas? La defensa de la banda cambiaria, sin otras herramientas de política ni credibilidad suficiente, se asemeja cada vez más a una trinchera que se defiende con balas de oro. Y el arsenal se agota rápidamente. El mercado, escéptico, ya está calculando cuántos días más de ventas como estas puede soportar el BCRA antes de que la promesa de «no devaluar» se vuelva insostenible. La economía, una vez más, le está pasando factura al fundamentalismo.
Gonzalo Goro – Diario de Punilla | Fuente: Ámbito