Con una plaza repleta, la cuarta noche de la 66° edición del festival desplegó un abanico musical desde el norte hasta la Patagonia Argentina, combinando chacareras, coplas ancestrales, carnavalitos y cumbia, mientras las voces se alzaron en defensa de la tierra y los pueblos olvidados.
Bajo una luna que iluminó una Plaza Próspero Molina colmada, la cuarta noche de la 66° edición del Festival Nacional de Folklore de Cosquín se consolidó como una lección viva de federalismo artístico. Desde los primeros acordes hasta pasadas las tres de la madrugada, el escenario fue un mapa sonoro que unió Jujuy y Santiago con la Patagonia y Formosa con Cuyo, en una misma respiración colectiva.

La velada comenzó con el honor al legado, tras el Rincón de los Poetas a cargo de Miguel Ángel Vera y el emotivo homenaje del Ballet a Andrés Chazarreta, el dúo Orellana Lucca celebró sus diez años del premio Consagración. El momento cumbre llegó con la aparición sorpresa de Nahuel Pennisi para interpretar Milagro del tiempo, zamba que ya es bandera de una generación y que resonó, conmovedora, en mil voces. “Esa canción nos abrió caminos que ni imaginábamos”, reconocieron luego los artistas.

El patio santiagueño dio paso a la energía telúrica de Micaela Chauque, quien no solo desplegó un espectáculo visual potente, sino que interpeló al público sobre el cuidado de los recursos naturales. Su cierre, junto a Adrián y los Dedos Negros y más de 120 bailarines, transformó la plaza en un carnaval norteño vibrante.
Pero la noche también tuvo espacio para la voz que clama. Mariana Carrizo, en su regreso al festival después de cuatro años, entrelazó coplas ancestrales, zambas y un grito solidario: “Un abrazo fuerte para las familias de la Patagonia que sufren la indiferencia del Estado ante los incendios. No nos quedemos calladitos”, dijo, arrancando una ovación cerrada. Acompañada por una banda de lujo –con Leo Genovese en piano, Migue Rivaynera en guitarra y Tubo Moya en bombo–, cerró con el himno Doña Ubenza, mientras las pantallas proyectaban una animación que quedará en la memoria colectiva.

La cuota de reflexión se mantuvo con Yoel Hernández, quien homenajeó al recién desaparecido Rubén Patagonia y reclamó más presencia de la música patagónica en los escenarios nacionales. “Me duele que no esté más presente”, afirmó, señalando las distancias y el olvido como causas.

La fiesta, sin embargo, no decayó. Lázaro Caballero fusionó chacarera del monte y litoral con maestría, y dio lugar a un momento íntimo junto a Facundo Toro. Luego llegó el debut explosivo de Paquito Ocaño, que con sapucai y cuarteto campero convirtió la plaza en una bailanta criolla. “No saben la felicidad que tengo esta noche”, confesó, visiblemente emocionado.

Cerca de las tres de la mañana, Lucio “El Indio” Rojas tomó la posta. Arrancó con el proyecto Cantores del Monte –junto a Christian Herrera y Caballero–, transitó por cumbias y generó uno de los momentos más emotivos de la madrugada cuando dedicó una ovación a su hermano Alfredo. “Lo primero es la familia”, parece haber susurrado el escenario, y el público lo entendió a la perfección.
Así, entre bailes, reclamos, memoria y festejo, la cuarta luna de Cosquín 2026 reafirmó que el folklore vive, no como reliquia, sino como un organismo palpitante y diverso, capaz de albergar en una misma noche el susurro de una vidala y el estruendo de un sapucai. El mensaje estuvo claro: aquí caben todas las voces, todos los ritmos, todas las geografías.
Redacción Diario de Punilla | Fuente: Aquí Cosquín Prensa