Medio siglo atrás, exactamente el once de mayo de 1974, el padre Carlos Mugica se convertía en un emblema del compromiso de la iglesia con los sectores más vulnerables de la sociedad Argentina. Su vida y su sacrificio siguen resonando hoy como un recordatorio de la importancia de defender los derechos de los menos privilegiados, incluso frente a la violencia y la persecución.
Nacido en el seno de una familia acomodada de Buenos Aires, Mugica decidió desde temprana edad desafiar las comodidades materiales y consagrar su vida a la causa de los humildes. Su formación inicial en el Colegio Nacional Buenos Aires coincidió con el ascenso político del peronismo y los conflictos entre el gobierno de Juan Domingo Perón y la Iglesia Católica, eventos que marcarían profundamente su conciencia social y su compromiso político-religioso.

Vivió durante su infancia en el palacio Ugarteche, en pleno Barrio Norte, pero eso no le impedía escapar los domingos hacia Avellaneda junto con su amigo Nico para deleitarse con aquel equipo que ganó el tricampeonato en 1949, 50 y 51.
Tras cursar estudios de Derecho, Mugica sintió el llamado de su vocación espiritual y en 1952 ingresó al seminario. Su ordenación como sacerdote en 1954 coincidió con un período tumultuoso en la historia argentina, caracterizado por la conflictividad política y social que culminaría en el derrocamiento de Perón en 1955. Desde sus primeros años como cura, Mugica se sumergió en el trabajo pastoral en los conventillos de Buenos Aires, donde pudo atestiguar de primera mano las injusticias y desigualdades que afligían a los sectores más marginados de la sociedad.

Su compromiso con los pobres lo llevó más allá de las fronteras de la Capital Federal. En 1966, se embarcó en una misión evangelizadora en el norte de Santa Fe, donde se unió a grupos misioneros estudiantiles comprometidos con la causa de los campesinos y familias marginadas. Fue durante este período que entabló relaciones con jóvenes como Gustavo Ramus, Fernando Abal Medina y Mario Eduardo Firmenich, quienes más tarde fundarían el grupo guerrillero Montoneros.
El regreso de Mugica a Argentina estuvo marcado por su activismo político y su firme compromiso con los ideales del peronismo. Su oposición a la dictadura militar que gobernaba el país lo llevó a chocar con las autoridades eclesiásticas y a enfrentar numerosas amenazas y hostigamientos por parte de grupos paramilitares vinculados al régimen. Su valiente postura, sin embargo, no se vio debilitada por el peligro, y continuó defendiendo con firmeza los derechos de los más desfavorecidos hasta el día de su trágica muerte.

El asesinato de Mugica el 11 de mayo de 1974 conmocionó a la sociedad argentina y desató una ola de indignación y repudio hacia la violencia política que azotaba al país. Aunque algunos intentaron tergiversar los hechos atribuyendo su muerte a Montoneros, la verdad sobre su asesinato salió a la luz años más tarde, cuando un testigo confesó que José López Rega había ordenado su ejecución debido a su incansable labor en favor de los pobres.
Al final de la misa, el 11 de mayo de 1974 Rodolfo Almirón (Triple A) asesinó al Padre Carlos Mugica en la parroquia San Francisco Solano. «Hubo una Iglesia del pueblo, que no fue socia de los verdugos, que defendió causas justas y denunció injusticias ¡Carlos Mugica PRESENTE!», se expresó la agrupación H.I.J.O.S en la red X.
Hoy, a medio siglo de su martirio, el legado del Padre Mugica perdura como un recordatorio de la importancia de la lucha por la justicia social y la defensa de los derechos humanos. Su vida y su sacrificio continúan inspirando a generaciones de argentinos a comprometerse con la causa de los más necesitados y a nunca renunciar a la búsqueda de un mundo más justo y equitativo.
Gonzalo Goro – Diario de Punilla | Fuente: Somos Télam